Educación afectivo-sexual Revictimización: cuando el sistema culpabiliza a las víctimas

Revictimización: cuando el sistema culpabiliza a las víctimas

Revictimización: cuando el sistema culpabiliza a las víctimas

Hace unos días escuché, casi de pasada, una noticia que me dejó una mezcla de rabia, tristeza e indignación. En un juicio por una agresión sexual, el abogado de la defensa le preguntó a la víctima cómo iba vestida y si pensaba que había estado provocando a su agresor. Esa pregunta resume a la perfección un problema enorme: la revictimización, es decir, el daño añadido que recibe quien ya ha sido agredida cuando el entorno, la sociedad o el propio sistema judicial la señalan, la cuestionan o la culpan.

Te escribo esto desde mi consulta como psicóloga y sexóloga, pero sobre todo desde la convicción de que esto nos afecta a todas. Porque mientras sigamos preguntando «¿cómo ibas vestida?», seguiremos colocando la culpa en el lado equivocado.

¿Qué significa «revictimización» y por qué nos afecta a todas?

La revictimización (a veces llamada victimización secundaria) ocurre cuando una persona que ya ha sufrido un delito vuelve a ser dañada por la respuesta que recibe después: interrogatorios hostiles, comentarios sobre su aspecto, dudas sobre su relato o la obligación de revivir lo ocurrido una y otra vez.

Aquí hay un detalle que conviene subrayar. En casi ningún otro delito ponemos en duda la palabra de la víctima. Si a alguien le roban el móvil por la calle, nadie le pregunta si iba «provocando» por llevar un teléfono caro a la vista. Sin embargo, con las agresiones sexuales seguimos haciéndolo.

Esta revictimización es especialmente injusta porque da igual lo provocativa que vaya alguien, lo que haya bebido o lo que haya hecho durante el día: una víctima de una agresión sexual sigue siendo una víctima. Y, aun así, casi siempre carga con una culpa y una vergüenza que no le corresponden.

«¿Cómo ibas vestida?»: la pregunta que revictimiza a la víctima

Volvamos a ese juicio. Que la defensa pregunte por la ropa de la víctima me parece indignante. Que quien dirige la vista lo permita, todavía más. Porque la forma de vestir no es una invitación ni un permiso. No lo es nunca.

En este caso concreto, además, la víctima era una chica de apenas dieciséis años que no solo fue agredida sexualmente, sino también torturada. Hablar de su ropa en esas circunstancias no es solo absurdo: es cruel.

El consentimiento no caduca

Aquí está la clave de todo. Puede que dos personas hayan estado coqueteando. Puede incluso que una de ellas haya dicho que quería mantener relaciones. Pero si en algún momento dice «no» o pide parar, todo lo anterior deja de contar. Ese «no» manda.

El consentimiento no es un contrato que se firma una vez y ya no se puede romper. Es un sí libre, informado y reversible: se puede retirar en cualquier momento. Y cuando alguien dice «para», la única respuesta posible es parar.

La revictimización en el proceso judicial: contar el horror una y otra vez

Una víctima de una agresión sexual rara vez es dañada una sola vez. Después del ataque viene la denuncia, donde tiene que relatar lo sucedido. Y después llega el juicio, donde tendrá que contarlo de nuevo, a veces en varias ocasiones.

Sé que parte de ese relato es necesario: el sistema necesita confirmar los hechos y comprobar que el testimonio es coherente. Pero una cosa es lo imprescindible y otra muy distinta obligar a alguien a revivir su trauma más veces de las necesarias.

Y no hablamos de un mal recuerdo que entristece. Hablamos de volver a sentir, de forma muy vívida, el miedo, la angustia y la ansiedad del momento de la agresión. Es revivir el trauma, no solo recordarlo.

A esto se suma el tiempo. En España, un juicio de este tipo puede tardar de media entre dos y tres años en celebrarse. Durante ese tiempo, muchas víctimas inician un proceso terapéutico para intentar reconstruir su vida.

Cuando reabrir la herida frena la recuperación

Imagina el esfuerzo de años de terapia para volver a sentirte mínimamente a salvo. Para muchas víctimas, algo tan cotidiano como sentarse de espaldas a la puerta de un bar se vuelve imposible: necesitan controlar todo lo que ocurre a su alrededor.

Recuerdo el caso de una mujer de 54 años, activa y con una vida plena, que practicaba espeleología. Un agresor que disfrutaba de su primer permiso penitenciario en veinte años la atacó con una violencia extrema y la dejó abandonada, con secuelas físicas permanentes.

Una de las heridas le seccionó un nervio del rostro y, desde entonces, su ojo izquierdo ya no se abre. Cada vez que se mira al espejo, revive el ataque. Obligarla a reconstruir todo aquello en un juicio mientras se cuestiona su denuncia es una nueva forma de revictimización de una crueldad difícil de medir.

Buenas prácticas para evitar la revictimización: la guía del CGPJ

La buena noticia es que algo se mueve. El Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial elaboró una guía de buenas prácticas para la toma de declaración de las víctimas precisamente para frenar esta revictimización.

Reducir la revictimización pasa por ofrecer a la víctima información clara sobre sus derechos, evitar el «peregrinaje judicial» de tener que declarar una y otra vez, darle un trato específico por su doble condición de testigo y víctima, y respetar su derecho a no coincidir cara a cara con el acusado.

En el caso de los menores, el documento insiste en algo fundamental: su declaración debería realizarse mediante prueba preconstituida, para evitar que tengan que comparecer y revivir los hechos en el juicio oral.

Agresiones sexuales entre menores: una revictimización silenciada

Y precisamente con los menores quiero detenerme, porque hay un tipo de caso cada vez más frecuente y profundamente incómodo del que casi no se habla: las agresiones sexuales cometidas por menores contra otros menores.

Hace muy poco, en mayo de 2026, conmocionó a España un caso en Burgos: cinco chicos de entre 11 y 12 años fueron identificados por agredir sexualmente a una compañera de clase de 12 años durante la celebración de un cumpleaños. La familia denunció y la Policía Nacional remitió el caso a la Fiscalía de Menores.

Sin responsabilidad penal, ¿qué pasa con la víctima?

En España, los menores de 14 años son inimputables. Esto significa que, por muy grave que sea lo ocurrido, no habrá juicio penal ni antecedentes para los agresores. La respuesta no es punitiva, sino educativa y de protección, a través de los servicios sociales.

Que el enfoque con niños tan pequeños sea educativo y no carcelario tiene todo el sentido. El problema es la otra cara: ¿y la víctima? Una niña que ha sufrido una agresión gravísima puede comprobar cómo nadie responde formalmente por ello, lo que supone una revictimización añadida y una sensación de desamparo enorme.

Que no haya responsabilidad penal no significa que la conducta no sea grave. Lo es. Estos chicos son agresores y lo que hicieron tiene consecuencias reales y duraderas sobre otra criatura. Reconocerlo es el primer paso para proteger a la víctima y, a la vez, para intervenir con ellos.

Pornografía y agresores cada vez más jóvenes

¿Por qué niños de 11 o 12 años reproducen conductas sexuales violentas? No hay una sola causa, pero los profesionales y diversos estudios apuntan con insistencia a un factor: el acceso temprano y sin acompañamiento a la pornografía.

En España, distintas investigaciones sitúan el primer contacto con el porno en torno a los 8 años, casi siempre a través del móvil y sin que ningún adulto lo sepa. Ese material suele mostrar sexo sin consentimiento, agresivo y cosificador, y acaba convirtiéndose en el «manual» con el que muchos menores aprenden qué es la sexualidad.

Si quieres profundizar en esto, te lo cuento con detalle en este artículo sobre los peligros de la pornografía y cómo afecta al desarrollo sexual de los menores.

Tratar a estos chicos como agresores y, al mismo tiempo, entender de dónde sale su conducta no es contradictorio. Es justo lo que necesitamos para cortar el problema de raíz.

Educar para que nadie tenga que revictimizarse

Más allá de las leyes, hay una parte enorme que está en nuestras manos: la educación, que es la mejor forma de prevenir la revictimización. Educar a los chicos en que jamás se puede agredir a otra persona. Y educar a las chicas en que, si las agreden, siempre serán víctimas, hagan lo que hagan.

No podemos reflexionar sobre esto solo el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La vergüenza, la culpa y el miedo a no ser creída son justo lo que lleva a muchas mujeres a tardar horas o días en denunciar, y eso merece pensarse los 365 días del año, no solo cuando el calendario nos lo recuerda.

Si has vivido una agresión sexual, nada de lo que hicieras ese día te convierte en culpable. La responsabilidad es siempre de quien agrede. Y pedir ayuda profesional no es debilidad: es el camino para reconstruirte a tu ritmo. Si lo necesitas, puedes escribirme.

Estas víctimas merecen mucho más apoyo, psicológico e institucional, para no cargar con esa losa de por vida. Y nosotras, como sociedad, merecemos dejar de preguntar cómo iba vestida y empezar a preguntar por qué alguien decidió agredir. Solo así frenaremos la revictimización de raíz.

Hablemos claro, también de esto

El mejor antídoto contra la violencia sexual empieza en casa: enseñar consentimiento, respeto y a poner límites desde pequeños. En el programa Hablemos Claro te acompaño para hablar de sexualidad con tus hijos e hijas sin tabús ni miedos.

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